El lugar era un concurrido centro étnico en aquel entonces, a mediados del siglo XX, antes de que las imparables fuerzas del progreso se interpusieran y lo estrangularan, sofocando los signos vitales de ese otrora próspero asentamiento, con decretos oficiales y un golpe de gracia final. El lugar, ubicado al norte del centro de Dallas, cerca de un basurero municipal y de omnipresentes vías férreas y sus trenes, era el hogar de miles de inmigrantes mexicanos y otros. Lo llamaban Pequeño México, o Little Mexico en inglés.
Derecha: Imagen coloreada de una foto original en blanco y negro, de lo que fuera el barrio Little Mexico, al norte de Dallas. Se desconoce el autor de la foto original.
Los habitantes originales, que se establecieron allí durante la segunda década del siglo pasado, eran principalmente familias que habían huido del país hacia el sur, una tierra entonces devastada que había sido vencida por las atrocidades, una guerra civil interminable y otros males. Después de encontrar consuelo y refugio en el norte de Texas y en ese terreno segregado, sin desarrollar y rechazado por otros, los recién llegados pronto lo convirtieron en su hogar lejos de casa.
Con el tiempo, los colonos también convirtieron ese asentamiento en un lugar habitable. Pero eso llevó un tiempo. Durante años, lo que más tarde se llamaría Little Mexico, fue un barrio marginal apartado, un enclave olvidado de Dallas y un lugar desprovisto de infraestructuras básicas, como escuelas y calles pavimentadas. La mayoría de las viviendas eran básicamente chozas, construidas con madera de desecho y otros materiales también desechados.
Pero ese apreciado asentamiento era el hogar de los inmigrantes mexicanos y de otros, y para miles de familias y para los niños que crecieron allí.
El barrio acabó teniendo escuelas, otras instalaciones públicas y viviendas mejor construidas, así como lugares de reunión, como restaurantes y bares, y algo imprescindible en aquella época, una fábrica de tortillas. También tuvo un pequeño parque, un lugar en donde la gente se reunía para tomar el sol y participar en los últimos chismes, pero también para celebrar ocasiones festivas.
Ese lugar de reunión pública eventualmente pasó a llamarse Pike Park, en 1927, en honor a Edgar L. Pike, un antiguo miembro de la junta directiva de parques y recreación de Dallas. Sin embargo, el cambio de nombre no significó gran cosa. La mayoría de la gente seguía llamándolo «el parque mexicano», más que todo por la gente no mexicana. El apodo le venía muy bien.
Dato histórico: Pike Park todavía sigue en pie. Pero no Little Mexico. El antiguo barrio marginal segregado, en donde vivían y practicaban sus costumbres las familias mexicanas, eventualmente desapareció. El progreso urbano se encargó de ello, como ya lo he mencionado antes. Primero, en 1966, con la construcción de la autopista de peaje Dallas North Tollway, un proyecto que atravesó el centro y el corazón de ese barrio.
Unos años más tarde, la construcción de la autopista Woodall Rogers le añadió más leña al fuego, cortando de nuevo partes de ese querido hogar lejos del hogar original de los inmigrantes mexicanos y sus descendientes.
Esa segunda carretera y sus desenlaces acabó con Little Mexico.
Podemos culpar al progreso, una vez más, por el giro imprevisto de los acontecimientos y por el final indeseado de un barrio de familias mexicanas, que en su día fue próspero, floreciente y orgulloso, con raíces en la cultura del sur. Pero también podemos culpar a los infractores habituales. A la codicia, por ejemplo. Pero a otros factores también. Al crecimiento de Uptown, a la gentrificación, al aumento del costo de vida para quienes vivían allí, y la siempre oportuna expropiación gubernamental. Como se suele decir, «no se puede luchar contra el ayuntamiento». Lo que quiere el municipio, el municipio lo consigue.
Al final de cuentas, los mexicanos y sus familias que todavía vivían allí, se marcharon. Ahora eran mexicoamericanos. Se trasladaron a otras zonas de la región de Dallas-Fort Worth, al ahora llamado Metroplex. Fue una transición desagradable, es casi seguro, para esas gentes que habían emigrado a Estados Unidos para escapar de los males de la revolución mexicana, y también para sus descendientes. Pero, al igual que la mayoría de la gente superviviente, eventualmente se adaptaron al inesperado cambio. La mayoría, según cuentan, siguió prosperando en otros lugares. Sin embargo, ya no tenían un hogar al que pudieran llamar suyo.
No cabe duda, ese no fue un final de cuento de hadas para los habitantes de ese barrio a la mexicana. Para los Martínez, los Luna y los Villasana, y para todos los demás y sus descendientes, colonos que durante años le habían dado vida a un terreno sin desarrollar e inhóspito, cerca de un basurero municipal, del traqueteo de los trenes y de sus patios.
La desaparición de ese terruño, de acuerdo con lo que se cuenta, se convirtió en un ingrato final para la gente que todavía lo llamaba Little Mexico. Para todos aquellos que consideraban a ese lugar su pedacito de tierra. Más que todo porque el barrio les recordaba a su otro hogar, a México, un país cuya cultura y costumbres aún corrían por sus venas, y que seguían calentando sus corazones.
Además de ser causa de tanto dolor para sus entonces habitantes, la eliminación de dicho barrio causó otros estragos. Más que todo para los no mexicanos, para aquellos que acudían allí día tras día a disfrutar la auténtica comida mexicana. La versión no modificada. La que sabe a pueblo.
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